Regalar arte no es un gesto común.
No es algo que se elija a último momento ni se compra por compromiso. Por eso, muchas veces aparece la duda: ¿y si no le gusta?, ¿y si no calza?, ¿y si es demasiado?
Pero regalar una obra no se trata de acertar a la perfección. Se trata de pensar en la otra persona desde un lugar distinto.
Regalar tiempo, no solo un objeto
Una obra no se consume rápido. No se gasta, no pasa de moda de un día para otro. Se queda. Acompaña rutinas, cambios, momentos importantes. En ese sentido, regalar arte es regalar tiempo y presencia.
A diferencia de otros objetos, una obra se vuelve parte de la vida cotidiana. Se mira muchas veces, desde distintos estados de ánimo, y va construyendo su propio lugar.
Pensar en la persona, no en el gusto propio
Al elegir una obra como regalo, conviene dejar de lado la pregunta ¿me gusta a mí? y pensar más bien ¿qué puede decirle a esa persona?.
No se trata de conocer de arte, sino de observar: ¿cómo es su espacio?, ¿qué cosas la rodean?, ¿qué momentos está viviendo?
Una obra puede acompañar una mudanza, un cambio de etapa, un cierre o un comienzo. A veces no hace falta entenderla del todo para sentir que es la indicada.
El tamaño y el espacio
No todas las obras funcionan igual como regalo. Las piezas de pequeño y mediano formato suelen ser más versátiles y fáciles de integrar en distintos espacios. También permiten que la persona que recibe el regalo decida dónde y cómo convivir con la obra.
Regalar arte no es imponer, es invitar.
Cuando el regalo se transforma
Muchas veces, una obra regalada encuentra su lugar con el tiempo. Se mueve, se cambia de muro, se mira distinto. Y en ese proceso, el regalo crece y se resignifica.
Por eso, regalar arte es un gesto abierto. No busca cerrar una experiencia, sino abrirla.
En Wall acompañamos ese momento, porque creemos que una obra puede ser uno de los regalos más personales y duraderos que existen.
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